Cultura

¿Quién cuenta tu historia?

Zuzanna Sadowska reflexiona sobre el trance, el baile intuitivo y el arte de soltar, y sobre cómo mantener viva en el día a día la libertad de la pista de baile.

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¿Quién cuenta tu historia?

¿Es mejor soltarlo todo y bailar, o quedarse quieto y respirar? Hay muchas formas de llegar a otro estado de conciencia: algunas las elegimos y otras simplemente ocurren. Entonces, ¿cómo buscamos la libertad y cómo descubrimos que está más cerca de lo que creíamos?

El mundo está lleno de técnicas, libros, maestros y sistemas. Este texto trata de algo central en la cultura psytrance y en muchas otras: la búsqueda de alivio frente al estrés, de paz y sentido en la vida, del niño interior y de la energía para crear.

Muchos de los métodos más antiguos, presentes en pueblos de todos los continentes, son formas de entrar en trance: la respiración consciente, la inspiración y el éxtasis del trabajo creativo, ir más allá de los límites del dolor, el parto, los rituales y la danza. Estos caminos nos permiten asomarnos a la naturaleza de las cosas, alcanzar una conciencia compartida, unir lo masculino y lo femenino que hay en nosotros y sentirnos uno con la naturaleza y con nuestros orígenes. Le dan sentido a nuestra existencia.

Los estados de trance abren el acceso a la energía personal y colectiva, y con ella a la conexión, la fertilidad, la renovación, la compasión y el sentido de pertenencia. Las impresiones que surgen al soltar inspiran, movilizan, nutren y tocan la raíz de la naturaleza humana. Son experiencias profundas, más allá del tiempo y el espacio, pero también exigen un trabajo diario de atención plena e integridad.

Perder los pensamientos, encontrar la atención plena

El trance es un estado de absorción total, una especie de entrega en la acción y, por tanto, un olvido del pasado y del futuro. Quien está en trance deja de ser una mente que recuerda constantemente el pasado e imagina el futuro. La mente se esfuerza mucho por contener lo inconsciente, la sensación de haber salido de la nada. Para lograrlo, evoca recuerdos que nos sitúan dentro del relato de nosotros mismos. Darle vueltas al pasado es miedo al dolor y a no existir en el futuro. Es un programa de supervivencia.

Aceptar que el futuro es desconocido nos permite liberarnos de la narrativa desesperada del pasado y, con ella, de los recuerdos que atormentan, de las comparaciones y del miedo. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el baile?

El baile es una forma de expresión, y la expresión le da voz a lo que llevamos escondido dentro. Expresarse es como cerrar los ojos: por un momento solo importan tú y tu mundo interior. Y al bailar muchas veces cerramos los ojos y entramos en nuestro propio espacio interior. Dejamos ir los estímulos externos y contamos nuestra historia de forma intuitiva. Cuando lo soltamos todo, lo que queda es pura alegría.

El baile intuitivo deshace bloqueos en el cuerpo y en la mente. Puede ser una forma de encontrarte entre la gente y en el sonido, pero también dentro de ti o en los demás. Sobre todo cuando abres los ojos en la pista y te alegra ver que el pulso de todos late al mismo ritmo, que los cuerpos cuentan la misma historia. ¿Qué somos? ¿La suma de nuestros actos y de nuestras interacciones con los demás?

Cuanto más tiempo bailas, o te entregas a cualquier actividad, más pierdes la idea de que eres tus pensamientos. Respiras aquí y ahora, y tu respiración sirve para mover el cuerpo, para vivir. Quieres contar tu historia, para los demás y para ti. Cuanto más intuitivamente la cuentas, más se funde tu historia con las que te rodean, hasta que todos cuentan juntos la historia de los sonidos que suenan.

Te vuelves uno con la música, la tierra, el aire, con cada sensación que te llega sin el filtro del intelecto, tal como es, neutral y aun así querida. Lo mismo le pasa a un surfista perdido en la ola o a quien sueña entre sus sueños. El primer paso suele ser simplemente responder a la música y olvidarte de cómo te ves bailando o de lo que quieres conseguir. Al final no sigues un plan, un sistema, nada que no seas tú.

Puedes dejar entrar un susurro de sensualidad en lugar de emoción. Un elemento femenino que no se limita al cuerpo de las mujeres. Forma parte de toda alma, un lugar donde lo consciente, lo olvidado, lo cuidado y lo reprimido bailan juntos o se pelean.

Atlántida

Después de entregarnos a estos estados, ¿nos sentimos de verdad parte del mundo, o más ajenos al mundo que hay fuera de este refugio? ¿La actitud de quien vive así se extiende como una manta suave sobre la que también puede sentarse el mundo que le rodea? ¿O el mundo duro se ríe de los ingenuos y los acusa de una felicidad egoísta?

Las ceremonias, las danzas rituales y los lugares de retiro pueden parecer la Atlántida: una tierra mítica rodeada por una barrera hecha con la energía de sus habitantes, que son también sus anfitriones. Al salir de esa cúpula, quizá empieces a preguntarte si alguien te robará la mochila mientras plantas margaritas maravillado. Dejar el círculo y volver a la vida cotidiana puede apagar la confianza y la fuerza que te daba formar parte de él. Es una pena que esos espacios tengan que estar cerrados, porque me dan ganas de gritar que aquí mismo hay tierra y espíritu. Es una pena que, cuando salgo de esa zona, no lleve conmigo un cristal con la energía de la Atlántida. Por suerte, puedes mantener ese estado de libertad y aceptación dentro de ti con una práctica diaria de atención plena.

La técnica de soltar

Muchas filosofías dicen cosas parecidas sobre el mismo mecanismo, la entrega. Aquí lo explico siguiendo al médico, psiquiatra y filósofo David R. Hawkins.

Permítete sentir. Ríndete, no cambies nada, no moralices, no lo bloquees. Es solo un sentimiento. ¿Qué energía hay detrás? No lo necesitas: dale las gracias y despídete. Suelta las ganas de resistirte, porque la resistencia es lo que hace que un sentimiento dure: negarnos a aceptar lo que sentimos y quiénes somos. A partir de ahora eres lo que quieres ser, con un chasquido de dedos. Sin esfuerzo, solo con autorreflexión. Cuando te sonríes a ti mismo, es más fácil sonreír a los demás. Cuando te aceptas, dejas que todos a tu alrededor sean ellos mismos. Deja la lucha y piensa en aprender, en cumplir tus sueños y en marcar tus prioridades.

El primer sentimiento deja paso al siguiente, más débil, y poco a poco, con la ayuda de tu voluntad, se desvanecen. Es un proceso en el que dejamos de depender de nada que no seamos nosotros mismos. La felicidad es una decisión. A veces es más fácil y a veces más difícil, porque la vida da sus propias vueltas. Cuanto más fáciles te van las cosas, más fácil es cambiar a la felicidad, y cuanto más difíciles, más la anhelas.

En el fondo intuyes que la felicidad está al alcance de todos. Son los deseos del cuerpo y los miedos de la mente los que nos dicen lo contrario y nos desvían. Crean la ilusión de que la felicidad depende de algo: de que tienes que ganártela, perseguirla, pagarla con sacrificios, merecerla. Detrás de estos pensamientos, que nos meten en la cabeza el culto moralmente atractivo al trabajo duro, a menudo hay objetivos materialistas. ¿Cuántas veces el trabajo duro tiene que ver con el estatus y las posesiones y no con el amor que damos a los demás? ¿Cuántas veces «merecer» tiene que ver con nuestras metas imaginarias y no con una causa o una persona que necesita ayuda? Demasiado a menudo, nuestra felicidad depende de estas ilusiones.

Así que suéltate y olvida, mientras ríes, bailas, amas o te sientas en silencio.

Siéntate y respira

La meditación es una forma de soltar, de tomar distancia y aceptar. Es un ejercicio de atención plena y de conciencia y, sobre todo, un camino hacia una dulce sensación de amor. Las emociones negativas son mecanismos de supervivencia, reacciones impulsivas ante un mundo hostil. Podemos dejar de ceder a esos impulsos y elegir en su lugar la alegría espontánea, limitándonos a observar los sentimientos que acompañan a los estados negativos. Déjalos pasar sin darles importancia. La meditación rompe las reacciones automáticas y nos deja observar los impulsos que lanza la mente. No pueden derribarnos, porque no estamos de pie, rígidos, sobre una sola pierna, sino flotando en un océano salado. Somos libres y no estamos atados, estamos en el mundo y para el mundo, pero no le pertenecemos.

Lo vemos todo en términos de juicio, y eso es miedo. Siempre elegimos nuestra actitud. No es el destino, es nuestra elección. El objetivo de nuestra vida no es sentarnos perfectamente quietos en postura de meditación, y tampoco estamos aquí para sufrir. El miedo y el sufrimiento están ahí para que podamos salir de ellos. Y para eso no necesitamos nada especial. Todo lo que necesitamos está dentro de nosotros. Las emociones son expresiones amplificadas de lo que creemos, y por eso nos arrastran y nos impulsan.

Tú y tu felicidad no causan sufrimiento a quienes también pueden encontrarla en sí mismos. Somos libres de elegir nuestra actitud. Podemos morder a los demás y soltar bilis, envidia, rabia y miedo, o podemos darnos a nosotros mismos, y así a los demás, el derecho a ser felices. El camino más importante hacia la felicidad mide 40 cm: el que va de la cabeza al corazón. Es un estado y una elección.

Nadie ni nada puede socavar tu felicidad. Nadie ni nada de fuera te la da. Está en ti. La felicidad es como un paseo por el bosque: sigues caminando y no te sales a la carretera del borde.

Quieres creerlo lo suficiente como para reír de felicidad y que te dé igual. Y aunque la Atlántida está abierta, si no estás listo para sumergirte, puedes quedarte en la superficie y aun así probar el agua.

Zuzanna Sadowska
Reflexiones basadas en los libros «Letting Go: The Pathway of Surrender» de David R. Hawkins y «Psychedelic Mysteries of the Feminine».